Borrador Proyecto “RS” Capítulo 6, libro 2º

[…]

Un fuerte trueno me despertó de mi sueño. Abrí los ojos bruscamente y miré el techo de madera de la casa de Prión. Estaba temblando y aún mezclaba la realidad con la ficción.  Nostálgico por haber perdido a mi amor, comencé a llorar empapando la almohada. La amaba tanto, tantísimo ¿cómo era posible que estuviese muerta?. Cuando me incorporé todo estaba a oscuras, hasta que un crujiente rayo iluminó la estancia. Mis pupilas se dilataron al encontrar un mensaje escrito con sangre en la pared de enfrente.

“Órdagos gritan sonando al viento,

suplican al Chadh la libertad de cientos de almas ”

La sangre era fresca, y aquel que lo hizo dejó un rastro de huellas que se perdían por la oscura puerta de mi habitación. Pegué un fuerte grito que se mezcló con un nuevo trueno que volvió a iluminar la sala. Al cabo de unos segundos unos angustiosos pasos se perdieron por el pasillo. Atemorizado agarré mi arma y encendí una de las velas que me llevé conmigo a la roñosa habitación. Iba descalzo y con pasos lentos y seguros. La vela apenas me alumbraba y el pasillo era largo y oscuro. Cada pisada hacia crujir una vieja madera que mezclada con los constantes rayos hacían una tétrica estampa de la casa de mi compañero.

 La vela parecía que estaba llegando a su fin, mientras que las pisadas marcaban que iban a la planta de arriba. Pocas casas tenían el tamaño de esta. Era grande, con tres plantas, vieja y estrecha. Construida a mi parecer por el propio Pizarro. Había cuadros que adornaban sus pasillos, de gente antigua, probables familiares de Prión. Además de múltiples telarañas que inundaban cada esquina y recoveco.
Avancé lentamente con el corazón en vilo. Pasé la habitación de Prión, en la que permanecía plácidamente dormido. “Estás para emergencias” pensé. Y continué hasta cruzar la de Keira, la cual no se encontraba en su lecho. Al contemplar eso mi corazón aumento las pulsaciones. “Traidora” volví a cavilar. Tragué saliva y ascendí lentamente a la planta de arriba. Los truenos seguían sonando en todo el hogar.

La planta de arriba parecía abandonada, con más cuadros, pero las pisadas seguían un camino marcado. Al fijarme un poco más en ellas, me percaté que eran de una gran envergadura. ¿Coplo? Rezaba porque no fuese así, pues ya me habían infundido demasiado miedo sin siquiera haberlo visto. Las huellas se dirigían hacia unas escaleras metálicas, mal apoyadas, que subían a la guardilla. Pero algo me detuvo en mi curiosa búsqueda, un cuadro. Al contemplarlo la escena se volatilizó. En él había una mujer sentada en un parque con un paraguas en su mano y una gran sonrisa en su rostro. Tenía un grandísimo parecido con mi madre. Pero no podía desencajarse más el puzle estipulado. No por el momento. Una sonrisa alcanzó mis mejillas y me quedé embobado con la imagen. Hasta que un ruido en la buhardilla me volvió a alterar.

Ascendí las escaleras con pavor y con la vela apunto de emitir su último destello. Pero tenía que saber quién se había metido en mi cuarto. Por fin pise el desván y un fuerte viento proveniente de una ventana mal cerrada me apagó la vela y me dejo a tientas en la oscuridad.

-¿Hola?- pregunté tembloroso.

Pero mi única respuesta fue un rayo que me iluminó el camino hacia la ventana entreabierta.

-¿Keira?- volví a decir esperanzado.

Pero los rayos eran mi respuesta y mi guía en la oscuridad. Un fuerte golpe me volteó hacia su dirección, pero era otra ventana chocando por el fuerte viento. Mi corazón volvió a acelerarse cuando volví a observar más cuadros de aquella mujer que tanto se asemejaba a mi desaparecida madre. Tras cerrar las ventanas, y deambular un poco por la estancia acompañado por el tambor de mi corazón y los truenos decidí comenzar a bajar las escaleras de la guardilla y a cerrar la trampilla. Pero antes de apartar la vista por última vez vi dos grandes ojos de color rubí que aparecieron en una esquina. Y una fuerte respiración se empezó a emitir desde aquel ser que se acercaba lentamente a mí. Mi corazón y mis músculos dejaron de funcionar pues estaban petrificados. De repente, una mano me agarró el tobillo y tiró con fuerza haciendo que cayera y me golpeará en el hombro derecho. Mientras que la puerta de la guardilla se cayó y las escaleras metálicas que subían hasta ella se desprendieron y me golpearon en el hombro izquierdo. El escándalo fue monumental.

-¡Qué diablos haces […]!- escuché una afeminada voz, mientras que unos pasos subían las escaleras a la tercera planta.

-¡[…]!- gritó otra voz- ¡Has enloquecido!

El amanecer abrazó aquellas tierras y yo me encontraba en la cama resacoso, sin saber porqué. Me costaba abrir los ojos y me dolían los hombros. Menudas pesadillas había pasado esta noche, entre Jane y la guardilla.
Me estiré y un tirón acudió a mis hombros, provocando que lanzará un grito de dolor y abriese los ojos, encontrándome con el mensaje escrito con sangre en aquella pared. No había sido un sueño.

-Buenos días, campeón- afirmó Prión mientras me observaba en una esquina.

Comencé a tartamudear sin saber que decir y queriéndoselo contar todo. Había traído una bandeja cargada de comida que dejó a mi lado. Se sentó en la cama a tranquilizarme. Tras unos segundos invertidos en ordenar mi mente me dispuse a hablar.

-Anoche, alguien estuvo en esta habitación mientras dormía- señalé la pared ensangrentada con aquel mensaje- además keira no estaba en su cama.

Prión levantó las cejas, en señal de sorpresa. Se dirigió hacia la ventana y oteó el horizonte pensativo.

-Yo fui la que te agarró el tobillo y evitó que te matara esa cosa- una nueva voz invadió la estancia.

Keira se encontraba en la entrada, impotente al ver que se le acusaba.

-De nada- acabó diciendo mientras desaparecía siguiendo sus pasos.

-Tenemos que deshacernos de ella-afirmó Prión mientras tocaba la sangre y comprobaba su textura.